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Blog Personal de ReKy
Serial Experiments, Fase 03: Cambios
"Pongamos tierra por medio, distancias al corazón, y el mundo se hará pequeño, quedémonos tú y yo. Que ya no tengo ni vida propia, ni tengo suerte, Si no sé a que sabe tu amor..."
(V.2.5.8b)

Sábado 4 de Septiembre del 2010, Same Shit, Everydays!

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Puente en Pamplona
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zapatilla3

Es algo típico y normal: cuando tienes unos días libres (un puente en éste caso) vuelves más cansado de lo que te fuiste. Pero es normal, se cambian las horas de sueño, se descansa menos (aún) se hace más ejercicio... Hoy tengo agujetas y el cuerpo dolorido, y no sé de qué es.

El miércoles a la tarde salí de trabajar y, en vez de ir al curso de Java, me escaqueé y fui a cortarme el pelo (quizás demasiado). La tarde estaba bastante gris. incluso se atrevió a dejar caer unas gotas de lluvia, aunque muy tímidamente. Al volver a casa preparé algo de ropa, puse en orden un par de cosas y me acosté prontito. El Jueves me levanté, me duché, desayuné, me acicalé un poco, cogí la maleta y salí de casa, rumbo a Pamplona.

A mediodía estaba allí y, en contra de lo que esperaba, hacía un calor más que agobiante, la temperatura estaba más cerca de los treinta grados que de los veinte. Tras cruzar el centro de la ciudad en coche, acabé en las afueras, en el barrio de la Chantrea, que celebraba sus fiestas. Después de llegar al piso en el que pasaría los siguientes cuatro días y de saludar al perro, salimos a tomar algo por el barrio, para ver el ambiente que había y refrescar un poco el gaznate, lo cual resultó de lo más reconfortante.

Al volver a casa, comimos y pasamos la sobremesa en el sofá. Bien entrada la tarde salimos a conocer un poco más del barrio y, un rato después, partí hacía la parte vieja de Pamplona. Es una zona que invita a pasear, plagada de antiguas catedrales e iglesias, amplias plazas, vistas espectaculares y callejuelas embriagadoras. Muchos de estos parajes son bien conocidos para los amantes de los San Fermines. El ambiente el jueves a la tarde estaba bastante animado, pero según iba entrando la noche y el cielo se iba oscureciendo, el gentío se apagaba a su vez, dejando sólo un cúmulo de personas en algunos bares, sin llegar a llenarlos. Sobre la una y media de la mañana cogí un taxi para ir a casa y descansar, pues el día siguiente sería bastante largo.

El viernes nos levantamos sin madrugar demasiado, desayunamos y nos fuimos de excursión. No fue muy lejos, al monte Ezcaba , situado a escasos kilómetros de la capital navarra. Tras un largo recorrido de tortuosa y estrecha carretera ascendente, en los que el coche tenía grandes posibilidades de acabar encallado en una cuneta, llegamos a lo alto. Allí se encuentra el Fuerte San Cristóbal, un enorme recinto militar camuflado bajo tierra que se convirtió en prisión durante la Guerra Civil. Allí se produjo la famosa y sangrienta fuga masiva en mayo de 1938. Tiene una superficie de considerables dimensiones y, exceptuando los laterales y el foso que lo rodea, está casi completamente enterrado bajo tierra. Lo rodeamos por completo (y con ello la cumbre del monte). Las vistas eran impresionantes: Pamplona a un lado, y al otro campos, montes y algún diminuto pueblo. no fue un paseo muy largo, pero con el Sol castigándonos desde el cielo y con ayuda del hambre despertando en el estomago, decidimos volver al coche y a casa a comer.

Después de comer, y casi sin tiempo para descansar, volvimos a la carretera. Unos veinticinco kilómetros después llegamos a Puente la Reina. Es un pequeño pueblo cuyo máximo atractivo es un antiquísimo puente que es parte del Camino de Santiago. A parte de eso, también tiene una parte vieja bastante bonita y pintoresca. Eso sí, estaba lleno de peregrinos y algún que otro grupo de personas mayores. Dimos un paseo por las estrechas calles, tomamos algo fresquito a la sombra y volvimos al coche en busca el siguiente destino turístico.

Está vez el camino fue algo más largo, cerca de cincuenta kilómetros para acabar en Lumbier. No llegamos al pueblo, nos desviamos un poco antes para ir a lo más famoso de la localidad: La Foz de Lumbier. Tras bajar del coche nos preparamos para otra larga caminata, esta vez serían unos tres kilómetros junto al río Irati, hasta el Puente del Diablo. El camino no es duro ni excesivamente largo, pero el calor lo complicó todo un poquito. Como nota curiosa, hay que pasar dos túneles más oscuros que un gato negro, de noche y en un pozo de alquitrán. En uno de ellos ni siquiera veía a la persona que tenía junto a mi, a no ser que se girase y me mirase. Tiene su cosa caminar por un túnel de esas características en oscuridad total.

Al salir del segundo túnel nos topamos casi de lleno con lo que llaman "El Puente del Diablo", se trata de un puente derruido sobre el río Irate, con una peculiar leyenda. Dice más o menos así (o así es como lo recuerdo yo): Había una Señora gravemente enferma, una de sus doncellas partió en busca de agua milagrosa que la curase, pero en su camino se topó con un obstáculo insalvable, no podía cruzar el río. Mientras estaba allí, pensando como cruzarlo, se le apareció el Diablo y le propuso un trato: a cambio del alma de la doncella construiría un puente antes de las siete de la mañana. La doncella, deseosa de salvar a su Señora, accedió. El Diablo reunió a un buen puñado de criaturas infernales y se pusieron manos a la obra. Cuando el reloj del Infierno daba las siete el puente estaba concluido. Sin embargo la doncella llegó mostrándoles su reloj, que marcaba las ocho. De éste modo consiguió conservar su alma y salvar a su Señora.

Sí, ya sé que es una historia bastante floja, y no explica porque las horas eran diferentes, o de dónde sacó un reloj la doncella. Pero yo llegué a una conclusión, ya que la doncella tenía las ocho y en el reloj del Infierno marcaban las siete, una cosa parece clara: El infierno está en Tenerife.

Llegué a casa bastante exhausto, de tanto andar y de soportar tanto calor. Cenamos algo y nos quedamos en el sofá viendo la tele y tomando unas copas. Sobre la una de la mañana decidimos bajar un poco a ver cómo estaba el barrio. Había bastante gente, la mayoría agolpada en una enorme carpa, el resto por las calles o en los pocos bares que hay. Cuando nos cerraron el bar donde estábamos metidos, volvimos a casa.

El Sábado me levanté algo más tarde que el día anterior, lo justo para desayunar algo, ducharme y salir a la calle. Tras un paseillo por el Barrio llegamos a un enorme parque a orillas del río, donde cientos de personas estaban reunidas preparando la comida. Así que por allí nos quedamos, con el perro a su aire, refrescándose de vez en cuando, y nosotros haciendo lo mismo, pero en vez de meternos en el río lo hacíamos con sidra salida de una cupela de unos veinticinco litros de capacidad. Gran parte de la tarde transcurrió así, con algún que otro paseo hasta casa, para reponer fuerzas en forma de bocadillo y para prepararnos alguna copa. Después de dejar al perro en casa, volvimos a tiempo de peregrinar con todas las peñas por las calles del barrio. La marcha terminó en una plaza, donde estuvimos largo tiempo sentados en la hierba y dando buena cuenta de fría cerveza. Allí, me vi obligado a contar mi historia de "El infierno está en Tenerife" a una tinerfeña que clavaba una mirada asesina en mí. Pese a todo, resultó ser una chica bastante simpática, al igual que casi toda la gente que conocí aquel día.

Mientras estábamos allí sentados, el cielo decidió bajar las luces, y el día se fue disipando mientras se fundía con la noche. Era hora de ir a cenar. Y eso hicimos, un pequeño "hasta luego" y otra vez a casa, a ver qué tal estaba el pobre can y a volver a llenar el estomago con algo sólido. Tras el paréntesis, volvimos a la carga, a la misma plaza donde habíamos estado anteriormente y que ahora se había convertido en escenario de un concierto de rock. Allí estuvimos hasta que terminó y, después de comprar el disco para escucharlos más tranquilamente en otro momento, fuimos a la carpa que había conocido la noche anterior. En esta ocasión la afluencia de gente era considerablemente más alta, pero sin llegar a ser agobiante en ningún momento. Allí dimos los últimos coletazos de una jornada especialmente larga y agotadora. La última anécdota del día fue la chica que estaba junto a mi que, o quería ligar conmigo o deshacerse de su pacharán, porque no hacía más que mirarme, sonreírme y pasarme el vaso con la bebida. Demasiado cansado me encontraba como para profundizar más en sus intenciones, así que poco después estaba de camino a casa, para pasar mi última noche en Pamplona.

Y el Domingo no pasó gran cosa, casi toda la mañana la pasé en la cama, después desayunar, ducharme, comer, preparar la maleta, recoger un poco, despedida y de nuevo a la carretera. Al salir de Pamplona el cielo se nubló y cayeron algunas gotas de lluvia, terminando así un puente en el que el Sol no había dejado de verse y en el que las temperaturas no habían bajado de los veinticinco grados por el día.

Y esa es la historia del puente de Mayo, no se ajusta al cien por cien con lo ocurrido y hay muchos detalles omitidos (la mayoría de ellos involuntariamente), pero es una aproximación . El Domingo a la tarde estaba en casa, y ayer a la noche empecé a escribir esto, pero estaba tan cansado que lo dejé en el segundo párrafo. Hoy le he puesto un poco más de empeño y parece que algo he conseguido. Pero no da para más... aunque el resto sonaría muy repetitivo: estoy cansado, con sueño, duermo poco, etc... Ya me quejaré otro día por todo ello, y contaré alguna cosita más, como qué hacer con el dinero de hacienda que ya me han devuelto, o comentar alguna noticia musical. Pero eso será en otro momento, tal vez. Ahora debería revisar todo éste tostón y meterme en la cama. Creo que voy a pasar directamente al segundo punto. Hasta mañana.

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