El Espejo

 

 

Diciembre de 1996

 

David conducía bastante rápido. El coche daba ligeros botes sobre el pedregoso camino. La noche iba dejando caer sus garras sobre el bosque, sumiéndolo en una oscuridad casi total. Y en medio del bosque la accidentada carretera se abría paso zigzagueando sobre la montaña. La noche era muy fría y el cielo amenazaba con librar  una feroz tormenta. Pero David sólo pensaba en su amigo Jaime, en los mensajes de su contestador y en llegar cuanto antes a la vieja casa que Jaime tenía en el monte. Pisó con más fuerza el acelerador.

 

 

Había llegado unas horas antes a su apartamento del centro de la ciudad, después de un viaje de negocios improvisado de tres días. Odiaba esos viajes, pero el trabajo era el trabajo, y sólo se podía resignar a coger un avión e ir donde le mandaban. Llegó a su casa a media tarde, lo primero que hizo después de dejar en su habitación la pequeña maleta de viaje que había llevado, fue tumbarse sobre la cama, su cama. Las camas de los hoteles estaban bien, pero no eran como la suya. Para David su cama era única y el poder volver a tumbarse en ella después de dos noches fuera era demasiado irresistible. Después de permanecer un largo rato tendido en la cama se levantó y fue a darse una ducha. Pasó un buen rato bajó el agua caliente. Eso le relajaba, sería capaz de estar horas enteras mientras el agua caliente bañaba su cuerpo.

Cuando se hubo duchado fue a la cocina para preparase algo de cena, al pasar por el salón encendió el contestador automático, para escuchar los mensajes. Siempre tenía mensajes, al menos tres o cuatro. Llegó a la cocina mientras escuchaba a su secretaria decir que llegaría tarde al aeropuerto. El siguiente mensaje era de Laura, una encantadora y guapa mujer que había conocido un par de semanas antes y con la que había ido a cenar un par de veces. David sonrió, pensó en llamarla después, y quizás la invitase a comer el día siguiente. David no salía con muchas mujeres, su trabajo le dejaba poco tiempo para el ocio. Una vez había tenido a una mujer especial junto a él, una vez había sido feliz con ella, pero de eso hacía ya demasiado tiempo, los recuerdos empezaban a ser borrosos y confusos, pese a eso nunca olvidaría a aquella mujer, la única a la que había querido de verdad, y que seguía queriendo. Después de ella había estado con más mujeres, pero siempre desaparecían de su vida demasiado pronto, quizás con Laura fuera diferente, quizás ella pudiera llenar el vacío que había en su corazón.

El tercer mensaje era de Jaime, su amigo. David dejó en la encimera el cuchillo y la patata que estaba pelando y fue hasta el salón para oír mejor el contestador. Jaime hablaba rápidamente y su voz desprendía excitación. “Hola David, soy yo, supongo que estarás de viaje, o con alguna mujer, ¿no? Jeje, bueno, estoy en el caserón ese que compré hace un par de meses, he venido a pasar unos días y a ver que tengo que comprar para que quede bien habitable, ya sabes. Bueno, lo importante, cuando puedas ven, he oído ruidos y voces en el desván, he subido un par de veces pero no he visto nada, y tengo una sensación rara estando aquí. Creo que le pasa algo a la casa.” David paró el contestador, Jaime siempre había sido muy propenso a pensar en cosas paranormales, fantasmas y cosas así, David creía que precisamente por eso había comprado aquel viejo caserón en medio del monte. Sólo lo había visto una vez, y pese a que se encontraba en buenas condiciones necesitaba unos cuantos arreglos urgentes. Quedaba otro mensaje en el contestador, al ir a darle al botón de reproducción, sintió un escalofrío, y creyó oír una voz muy lejana. “Déjate de gilipolleces, Jaime está loco con esos temas, sólo eso” pensó, y escuchó el último mensaje, Jaime hablaba rápidamente:

“David, he estado otra vez en  el desván, he oído voces, muchas, chillaban, creo…” Jaime hizo una pausa, se le notaba muy nervioso y una sombra de miedo cubría su voz “creo que he despertado a la casa, tienes que venir, empiezo a tener miedo, si para mañana no estás aquí volveré a la ciudad. Yo, voy a volver a subir, te llamaré cuando baje. Si estás en la ciudad ven.

El mensaje era del día anterior a media tarde, después de escucharlo David le había llamado, al no contestar nadie llamó al teléfono del piso que tenía Jaime en la ciudad, pero tampoco recibió respuesta en este. Así que decidió ir a buscarle.

 

 

Empezó a llover, y en apenas un par de minutos se puso a diluviar, David se vio obligado a aminorar la velocidad, apenas veía lo que tenía delante y no quería salirse de la carretera y empotrarse contra un árbol o caer colina abajo. Calculó que faltarían unos cinco o diez kilómetros para llegar a la casa, una caserón perdido en medio del monte, con un generador que le daba electricidad y un pozo que le abastecía de agua. Era un milagro que tuviese línea telefónica, pero David empezó a dudar que funcionase con esa tormenta.

Siguió conduciendo mientras el cielo descargaba su furia sobre el bosque. Violentos relámpagos iluminaban el cielo seguidos de feroces y ruidosos truenos. En varias ocasiones tuvo que frenar a punto de salirse de la carretera.

Unos diez minutos más tarde vio la casa. Sólo la había visto una vez antes y fue en un soleado día, ahora su aspecto era tétrico, un viejo caserón en un claro en medio del bosque, y azotado por una violenta tormenta. Los rayos iluminaban la casa fantasmagóricamente, y con cada trueno retumbaba hasta el más profundo y firme cimiento.

El Land Rover de Jaime permanecía inmóvil junto a la casa, David aparcó su coche frente a la puerta, se apeó y corrió hacía la puerta. La lluvia le empapó en escasos segundos, y el viento se abalanzaba sobre él intentando derribarle. Una vez resguardado de la lluvia en el porche golpeó fuertemente el portón con los nudillos. Volvió a llamar, y gritó varias veces el nombre de su amigo, pero el sonido de la tormenta acallaba su voz por muy fuerte que gritase. Agarró la manilla de la puerta para mirar si estaba abierta, pero según toco el frío metal sintió un fuerte escalofrío que recorrió todo su cuerpo, erizándole todos los pelos, y creyó oír una voz que le decía que se fuese lejos de allí. Apartó la mano y dio varios pasos hacía atrás. Estuvo a punto de darse la vuelta, entrar en el coche y huir de allí, pero entonces recordó a Jaime, tenía que ver si estaba allí y si se encontraba bien.

Cogió una bocanada de aire y avanzó para volver a probar si la puerta estaba abierta, sin embargo antes de tocar siquiera la manilla una fuerte ráfaga de viento golpeó la puerta y la abrió de par en par, el viento también empujó a David, que se quedó en el umbral de la puerta, agarrado al marco.

- ¡Joder! – Exclamó exaltado.- ¿Quiere que me vaya o que entre?

Entró. Era un gran salón, pero pobremente amueblado, un par de sillones, un sofá, una chimenea, una mesa de comedor con seis sillas a su alrededor… El viento tiró un enorme perchero que se encontraba junto a la puerta, David tuvo que esquivarlo para que no cayera sobre sus pies, llamó a Jaime varias veces, pero nadie contestó. Cerró la puerta de entrada y los ruidos de la tormenta quedaron fuera. Volvió a llamar a su amigo, pero de nuevo recibió el silencio por respuesta.

En el piso de abajo también se encontraba la cocina y un estudio, pero David sabía donde tenía que buscar a Jaime, y no era ni en ese piso ni el que se encontraba inmediatamente arriba, no, estaba convencido de que su amigo estaría en el desván y eso le asustaba, le asustaba a él que no creía en los fantasmas, ni en casas encantadas, ni en todas esas tonterías de las noveluchas de terror.

Subió las escaleras que conducían al piso de arriba. En ese piso había cuatro habitaciones y un par de baños. Y las escaleras que conducían al desván. Se situó frente a ellas, miró el desván desde abajo, se encontraba prácticamente a oscuras, sólo lo iluminaba la luz de los relámpagos que entraba por los ventanales. Subió despacio las escaleras mientras el corazón galopaba en su pecho, una helada corriente de aire le acarició la cara y notó como le susurraban al oído, lo notó, una débil voz que le decía que saliese de allí ahora que todavía podía, una voz que David conocía, pero no lograba saber de qué. Se quedó quieto, paralizado, las piernas le temblaban y estuvo a punto de caer, se sujetó a las paredes, que ahora se le antojaban que estaban muy juntas, giró un poco la cabeza y miró hacía abajo, las escaleras parecían interminables, volvió a mirar hacía delante, la puerta abierta del desván estaba sólo a unos pasos. Permaneció así unos segundos, hasta que se hubo recuperado. Reemprendió la subida.

El desván era enorme, abarcaba toda la casa, y estaba oscuro y sucio, a excepción de Jaime era probable que nadie lo hubiese pisado en años. Desde dónde estaba David no veía gran cosa, alguna mesa vieja de madera, baúles, cuadros y poca cosa más. David avanzó despacio, se fijó en algo que había en el suelo, se agachó. Era una lámpara de aceite, la cogió. Sacó un mechero del bolsillo de su chaqueta y lo prendió, cuando iba a encender la lámpara una rafa de aire apagó el mechero. Lo volvió a intentar, y esta vez la lámpara se encendió. La luz que proyectaba era tenue y oscilaba a causa de las corrientes de aire. Miró al suelo, muy cerca de donde había recogido la lámpara de aceite. Había manchas rojas. Sangre. David retrocedió un par de pasos. Una fuerte palpitación sacudía su cabeza, su respiración era agitada y corazón intentaba salir de su pecho velozmente. Cerró los ojos durante un par de segundos, cogió aire y empezó a avanzar lentamente.

Delante de él había un gran ventanal, con unas enormes y amarillentas cortinas oscilando al compás del viento que se filtraba entre las rendijas de la madera. David sintió un pinchazo en la cabeza y estuvo a punto de soltar la lámpara. Delante del ventanal había un espejo de píe. Medía casi un metro ochenta de alto, era ovalado y en el marco tenía figuras grabadas, David no veía bien lo que eran, parecían hombres, tenían una expresión en las caras que suplicaban auxilio, o perdón. “Son almas atrapadas” pensó David, aunque no supo muy bien porque había pensado eso. Había manchas de sangre por todo el marco. En la parte de arriba del marco se hallaba la figura de una cabeza, algo que no era humano, algo horripilante con unos colmillos afilados y unos ojos sedientos de vidas, sedientos de almas. David avanzó un paso hacía el espejo, cuando un gran relámpago hizo de la noche día y bañó el desván con una luz azul eléctrica durante unos segundos. Y en esos segundos vio algo en el espejo o a alguien. Era un hombre que ocupaba toda la altura del espejo, vestía completamente de negro, estaba de brazos cruzados y tenía en los dedos enormes anillos, de su cuello colgaba una figura como la que había en la parte superior del marco del espejo, tenía el pelo largo y negro como la noche, el rostro pálido y unos terroríficos ojos verdes. “Es el Hombre Malo” pensó David “Si a eso se le puede considerar un hombre, es un siervo del Mal, o el mismo Mal en persona” por segunda vez David se volvió a sorprender de sus pensamientos. El relámpago se desvaneció dejando de nuevo oscuridad y el hombre desapareció del espejo.

David no podía dejar de mirar el espejo, pero retrocedía lentamente, quería darse la vuelta y salir de allí tan rápido como pudiera, subir al coche y dejar atrás aquella casa y aquel espejo. Pero le aterrorizaba el pensar que al darse la vuelta el Hombre que había visto en el espejo saliese de él y fuese a por David. Otra imagen apareció reflejada en el espejo.

Era Jaime. Estaba de pies, mirándole a través de sus gafas, con una expresión triste y culpable.

- No era la casa, - David se sobresaltó al oír la voz de Jaime. – Era el espejo, no lo supe hasta que fue demasiado tarde, hasta que le quité la sábana que lo cubría. Y me atrapó. Lo siento, David. Ya no puedes huir, no te dejará, he intentado advertirte, pero no he conseguido que te alejes de aquí. Ahora estaremos juntos, toda la eternidad juntos, y eso es mucho tiempo, David, mucho tiempo, porque aquí el tiempo es distinto, ¿sabes?

La imagen de Jaime se desvaneció, David comprendió que la voz que había estado escuchando todo el rato había sido la de Jaime, no supo reconocerla a tiempo, y no la obedeció. Se dio la vuelta para echar a correr en dirección a las escaleras. No había avanzado más de un par de metros cuando oyó un silbido, y algo le agarró la pierna. Lanzo un alarido. Cayó al suelo y se golpeó la cabeza. Lo que le había agarrado tiraba de él. Soltó la lámpara y se agarró con todas sus fuerzas a una columna de madera. Como pudo miró hacía atrás, para distinguir lo que se había aferrado a su pierna. De dentro del cristal del espejo salía una especie de tentáculo rosáceo, y le enganchaba fuertemente la pierna derecha. La movió para intentar zafarse del tentáculo, pero le agarraba con mucha fuerza, intentó pegarle patadas con la pierna izquierda, pero fue inútil, David jadeaba mientras agarraba como podía la columna intentando evitar que el tentáculo le arrastrase. En ese momento un segundo tentáculo salió del interior del espejo en dirección a David, vio horrorizado como el extremo del tentáculo se convertía en una cuchilla que avanzaba velozmente hacía su cabeza. En el último momento apartó la cabeza esquivando la cuchilla, pero esta se clavó en el brazo izquierdo que se encontraba aferrado a la columna. David gritó, la sangre salió a borbotones de su destrozado brazo, soltó la columna y el tentáculo que le tenía aferrado de la pierna tiró con mucha fuerza, David salió disparado,  su brazo iquierdo seguía aprisionado por la cochilla, pero el otro tentáculo tiró con la suficiente fuerza como para desgarrarlo, el dolor fue enorme, el brazo le palpitaba violentamente y a penas podía sentirlo, sólo dolor, un dolor inmenso. El tentáculo le arrastraba hacía atrás. Intentó a ciegas aferrarse a algo con el brazo derecho, pero sólo encontró la lámpara de aceite, torpemente la lanzó hacía el espejo, pero pasó junto a él y se estrelló en las cortinas del ventanal. El fuego prendió las cortinas. Seguía siendo arrastrado hacía el espejo, cada vez con más fuerza. Su brazo izquierdo permanecía inerte, apenas pegado al resto del cuerpo. Con el brazo derecho consiguió engancharse a la pata de una mesa, pero el tentáculo seguía arrastrándole junto con la mesa. Como pudo logró volcar la mesa sobre el tentáculo, que aflojó la presión que ejercía sobre la pierna, David tiró y logró soltarse, se arrastró hacía atrás hasta que chocó contra la pared, se incorporó un poco, y se quedó sentado apoyado en la pared.

Miró su brazo, apenas podía distinguirlo, veía como el hueso estaba medio cortado y los tendones colgando. Su respiración era entrecortada y pensó que se iba a desmayar en cualquier momento. Unos metros a su izquierda podía ver las escaleras que bajaban al primer piso, “Tengo que llegar hasta allí, tengo que hacerlo, una carrera y dejarme caer por las escaleras, y luego salir de la casa, tengo que llegar”, pero estaba muy cansado,  apenas podía mover la pierna que le había agarrado el tentáculo. Miró al espejo, otro tentáculo salía disparado hacía donde él se encontraba, con torpes movimientos intentó esquivarlo, pero fue inútil, la cuchilla se clavó en su hígado y lo atravesó. Un estallido de inmenso y agudo dolor azotó todo su cuerpo, por un instante el palpitante dolor de su brazo desapareció, por un instante todo desapareció, su visión se volvió confusa, sentía como todo a su alrededor se desvanecía y se sumía en las sombras.

Con un esfuerzo casi sobrenatural abrió los ojos. El tentáculo seguía clavado en su cuerpo y veía como brotaba la rojiza sangre. Con el brazo que le quedaba sano intentó sacarse el tentáculo, pero no se movió ni un centímetro. Miró hacía el espejo, el tentáculo que le había desgarrado el brazo permanecía inmóvil, sobresaliendo medio metro del espejo, el que se había aferrado a su píe estaba esquivando la mesa caída y se dirigía hacía David. Más allá del espejo las cortinas ardían y el fuego se extendía poco a poco.

David intentó como pudo quitarse el tentáculo-cuchillo que tenía clavado en el hígado, pero era inútil, estaba atrapado, no podía moverse y el tentáculo no le soltaría. El tentáculo que le había agarrado antes volvió a aferrarse a él, esta vez por la pierna izquierda. Apretaba muy fuerte, más que antes, intentó zafarse de él moviendo la pierna, oyó como el hueso crujía y sintió un fuerte pinchazo de dolor en el tobillo, el tentáculo apretó aún más y el dolor se hizo más insufrible.  La cuchilla que tenía hundida en su abdomen salió rápidamente y la sangre empezó a salir a borbotones de la herida abierta. David cayó al suelo y quedó tendido sobre un charco de su propia sangre, el tentáculo empezó a tirar de él, arrastrándolo por el suelo de madera, dejando tras de si un rastro de densa y rojiza sangre que brillaba tétricamente a la luz del fuego. David apenas era consciente de lo que ocurría a su alrededor, sólo sentía un inmenso dolor en cada rincón de su cuerpo y en su mente todo se empezaba a tornar oscuro, una oscuridad total y definitiva. El tentáculo arrastró el cuerpo de David dentro del espejo.

El desván se cubría de llamas, las cortinas, sábanas y madera ardían violentamente. Fuera la tormenta empezaba a amainar,  el viento ya no soplaba con tanta fuerza y la lluvia cesaba poco a poco. Y el caserón se consumía en el fuego.


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