No Grite Al Caer
El cielo estaba completamente despejado, el día era caluroso, pero soplaba una débil brisa que hacía agradable salir a la calle a pasear. Pero pese a eso un hombre no disfrutaba de aquel idílico día. Oscar Hernández estaba en la azotea del edificio más alto de la ciudad, al borde del vacío, y con una pistola apoyada en su nuca.
- ¿Sabe porqué está aquí, señor Hernández?- La voz del hombre que le estaba apuntando a la cabeza era áspera y firme. No le había visto la cara, no sabía quien era, no reconocía su voz.
- No. titubeó Oscar, le temblaba la voz, y un sudor frío bañaba cada centímetro de su cuerpo.
- Está aquí porque me robó. Me robó algo muy valioso, mucho más valioso que todo el dinero que usted ha estado gastando por ahí, más valioso incluso que todo el jodido dinero que su estúpida mente pueda llegar a imaginar, y por supuesto muchísimo más valioso que su mísera vida.
Oscar sabía de lo que estaba hablando, por supuesto que lo sabía. Maldijo mil veces el día en que le convencieron para hacer ese trabajo, para robar en aquella casa. Y sabía que aquellos hombres a los que ayudó a entrar en la casa se habían llevado algo que codiciaban mucho de la caja fuerte, pero nunca supo lo que era.
El hombre volvió a hablar:
- Ahora quiero que salte, y sólo le pido una cosa, que en estos últimos momentos de su vida sea por una vez un hombre, y no grite al caer. Así que acabemos pronto para que me pueda ir a comer a ese restaurante italiano que hay un par de calles más abajo, que ponen una comida deliciosa acompañada de un vino exquisito.
Era cierto, el restaurante llevaba allí más tiempo del que Oscar podía recordar y había comido varias veces en él. Tal como decía el hombre la comida era muy buena, pero en esos momentos la sola idea de pensar en comida le revolvía el estomago.
Toda una vida se puede desmoronar en muy poco tiempo. Un buen trabajo, una casa acogedora, un coche elegante, una mujer. Una vida. Oscar Hernández trabajaba para una importante empresa de seguridad. Montaba sistemas de seguridad en oficinas, casas y en cualquier sitio donde necesitasen estar bien protegidos. Llevaba muchos años trabajando, y era un empleado muy eficiente. Tenía un piso en un buen barrio de la ciudad, conducía un buen coche y vivía junto a una maravillosa mujer. Pero todo eso cambió. Cambió el día en que su mujer le abandonó. Él creía que eran felices juntos, pero ella llevaba una doble vida, viéndose a escondidas con un rico y gordo médico. Y un día se fue, le dejó una nota encima de la mesa de la cocina, y sólo la volvió a ver en el juzgado. Al principio Oscar no se lo podía creer, pero poco a poco fue aceptando que había sido traicionado y engañado por la mujer a la que quería. Se divorciaron, sin recibir de ella ninguna explicación, se negaba a hablar con él. Lo más cerca que estuvo de ella fue a través de su abogada, después de divorciarse no volvió a saber nada de ella. Le borró de su nueva y feliz vida mientras él se consumía en la desesperación.
Y a partir de ahí su vida se fue sumiendo en una profunda oscuridad. Comenzó a beber, al principio unas copas cuando salía de trabajar, después a todas horas del día. Llegaba al trabajo tarde, sin arreglarse y a veces borracho.
Perdió su trabajo, su coche, su casa. Se mudó a un pequeño y ruinoso apartamento en los suburbios, rodeado de drogadictos, mendigos, traficantes, prostitutas Y siguió bebiendo, autodestruyéndose, precipitándose hacía las profundidades de la desolación. Y hubiese seguido así si no hubiese aparecido en su puerta aquel abogado.
Fue una tarde de otoño, Oscar estaba tumbado en el sofá, medio dormido cuando alguien llamó a la puerta, pensó que sería un drogadicto o un mendigo, así que no se movió, pero volvieron a llamar, se levantó y se encaminó a la puerta. Cuando abrió le sorprendió muchísimo ver a una persona arreglada y trajeada en aquel degradante y sucio barrio.
- Señor Hernández, vengo a ofrecerle un trabajo. El hombre hablaba de una forma sosegada y pausada, era una persona de unos cuarenta años, de estatura media, un poco más bajo que Oscar, y con unos kilos de más. Tenía el cabello moreno, engominado y peinado hacía atrás.
- ¿Quién es usted?
- Seguramente no me recuerde, sólo me ha visto una vez, hace un par de años. Usted instaló un sistema de seguridad en una casa de las afueras, allí fuimos presentados.
Oscar había instalado sistemas de seguridad en casas de toda la ciudad en los últimos años, recordaba alguna de esas casas de las afueras, la mayoría eran lujosos chalets en suntuosas urbanizaciones. Los barrios de la gente rica.
- ¿Y qué es lo que quiere de mi?
- Su ayuda para entrar en esa casa evitando la alarma. Iba directo al grano, se le notaba muy decidido, convencido de que Oscar aceptaría colaborar con él.
- ¿Quiere que le ayude a robar una casa?
- ¿No podríamos discutir esto dentro?
- Si usted supiera todo lo que se oye por aquí, hablar de un simple robo no le preocuparía - Se apartó dejando paso al hombre, este entró en el piso. La poca luz que iluminaba la estancia procedía de una ventana con la persiana medio bajada, por más que Oscar lo había intentado no había forma de moverla, ni hacía arriba ni hacía abajo. Oscar señaló un destartalado y sucio sofá, y el hombre se sentó en él. No habló, se quedó observando como Oscar revolvía una desordenada mesa en busca de un cigarrillo, una botella vacía calló al suelo, y estuvo a punto de hacerse añicos, Oscar maldijo en voz baja y empezó a buscar por toda la sala un mechero para encender el cigarrillo que tenía en la boca. Al final el hombre habló:
- Necesito que me lleve hasta la caja fuerte, burlando el sistema de seguridad, y que abra esa caja fuerte.
- ¿Y qué sacaría yo?
- Lo que encuentre por la casa que le interese, más todo el dinero que haya en la caja fuerte, y habrá bastante.
-¿Cómo sé que no me engañara, que habrá dinero para mi, que no me delatará luego a la policía?
- Tendrá que fiarse de mi, y sinceramente, echó un rápido vistazo por la sala.- creo que vale la pena arriesgarse a seguir en esa pocilga.
Y tenía razón, vaya que si tenía razón, en el peor de los casos acabaría muerto, y quizás fuera mejor que malvivir en esas condiciones. La otra opción era pasar una temporada en la cárcel, pero merecía la pena correr ese riesgo. El hombre se levantó:
- Volveré mañana, píenselo, y si está dispuesto a hacer el trabajo vendrá conmigo.
- Yo no sé, en el caso en que acepte es posible que hayan cambiado la alarma, o que no pueda saltármela.
- Usted no se preocupe de eso, no ha sufrido ninguna modificación, y confío en que sea capaz de burlar el sistema sin muchas dificultades.
Se dirigió hacía la puerta y abrió.
- Espere, ¿Cómo se llama? Oscar pensó que no estaría de más saber el nombre de aquel hombre, por si acaso algún día debía contarle a alguien lo que había sucedido, y de quien había sido la idea.
- Créame, señor Hernández, es mejor que no lo sepa.
Y se marchó. Oscar vio como bajaba las ruinosas escaleras, luego entró en casa y cerró la puerta. Una vez sólo en casa de nuevo pensó en lo que acababa de pasar. ¿De verdad se estaba planteando tomar parte en un robo? Vistas sus condiciones de vida parecía la decisión más acertada. Pensó en lo que había dicho aquel hombre, una casa en las afueras, había estado en tantas supuestamente se habían conocido en una de ellas, recodaba vagamente alguna de esas residencias por dentro, pero tendría que esforzarse mucho más para lograr recordar al hombre, y no estaba para pensar, se preparó una copa, la bebió y se metió en la cama. El día siguiente iba a aceptar tomar parte en un robo.
Esa noche apenas durmió, le consumía la duda de lo que pasaría al día siguiente, pensaba en las posibilidades de que el robo saliese bien, de que no le matasen y de que saliese de esa con mucho dinero. A medida que la noche pasaba y daba más y más vueltas en la cama se iba convenciendo de que sería una locura, que lo más probable era que les cogiese la policía, o que acabase muerto. Pero luego recordaba las condiciones en las que vivía, todas las deudas que tenía, el frío invierno que se acercaba, y la perspectiva de poder conseguir la cantidad de dinero que el hombre había dicho que habría allí era demasiado suculenta. Se levantó temprano, se duchó y desayunó unas galletas rancias con un café que sabía a rayos. Y se sentó a esperar, le costó mucho contenerse y no beber, pero se mantuvo sobrio hasta que el hombre llegó.
- Y bien, señor Hernández, ¿ha decidido ya? Venía tan elegantemente vestido y arreglado como el día anterior.
- Lo haré.
- Bien, acompáñeme.
Salieron a la calle, el hombre sacó unas llaves del bolsillo de sus pantalones y subió a un coche aparcado frente al portal de Oscar. Oscar se montó en el coche, y el hombre arrancó.
- Ahora iremos a reunirnos con otras dos personas que vendrán con nosotros, allí te daré los planos del sistema de seguridad de la casa y una vez que los haya estudiado iremos, usted hará su trabajo y nosotros el nuestro, cogerá el dinero y nos iremos. Soy abogado, si ha de dirigirse a mi puede llamarme abogado.
Oscar asintió con la cabeza, el corazón le latía con fuerza en su pecho, todo se complicaba, más gente involucrada, querían dar el golpe ese mismo día, el hombre era un abogado intentó apartar todos esos pensamientos de su cabeza, cuanto menos pensase sería mejor, haría lo que tenía que hacer y se iría. Punto final. No hablaron durante el camino, el abogado era muy reservado, y sólo decía aquello que Oscar debía saber, y Oscar sólo quería saber lo necesario, ya no se preocupaba por el nombre de aquel hombre, tan sólo importaba que las cosas saliesen bien para terminar pronto.
Oscar permanecía absorto en sus propios pensamientos, siendo vagamente consciente de que el abogado conducía por el centro de la ciudad. El coche giró a la derecha y entró en un estrecho callejón, esto sacó a Oscar de sus pensamientos. El coche siguió avanzando unos metros, y luego se metió en un garaje que tenía la puerta abierta.
- Hemos llegado. El abogado paró el motor y se bajó, Oscar hizo lo mismo. El garaje no era muy grande, de unos cuatro metros de ancho por seis de largo, estaba iluminado por tres bombillas que colgaban del techo. Al fondo del garaje había una mesa con varias sillas a su alrededor. Un hombre estaba sentado en una de ellas. Junto a la mesa había un sofá, con otro hombre en él. Le miraban con curiosidad. El hombre que estaba en el sofá se levantó, era bajo y calvo, pero con una mirada que imponía respeto a quien se topase con ella, se encaminó hacía el abogado, y empezaron a conversar en voz baja. El otro hombre seguía mirando a Oscar, era rubio y, a pesar de encontrarse sentado, se notaba que era el más alto de todos.
Sobre la mesa había un revólver, le volvieron a asaltar nuevamente los temores, no dejaba de pensar que en cuanto consiguiesen lo que buscaban, le pegarían un tiro, pero ya había llegado muy lejos como para echarse atrás ahora, tendría que correr los riesgos, y confiar en aquel abogado, y en su par de secuaces, que tenían toda la pinta de ser dos matones profesionales. El abogado se acercó a la mesa, cogió una carpeta azul y se la entregó a Oscar.
- Tome, aquí hay un plano de la casa, los planos del sistema de seguridad y unas fotos que pueden serle de utilidad. Siéntese allí y mírelos. Haga una lista con las herramientas que necesita y démela, a la noche iremos a la casa.
Tan escueto de palabras como siempre. El Rubio cogió el revólver, se levantó y fue con el Calvo, el abogado les dijo algo y los dos asintieron. Mientras tanto Oscar se sentó en una silla y empezó a hojear la carpeta, como había dicho el abogado había un plano detallado de la casa, del sistema de alarma, y de la caja fuerte, acompañado con abundantes fotos. No le costó mucho reconocer la alarma y la caja fuerte, con las herramientas adecuadas sería fácil entrar en la casa y abrir la caja. Cogió un trozo de papel y un bolígrafo de la mesa y anotó todo lo que necesitaría para robar en aquella casa, para pasarse al bando opuesto y hacer lo que durante toda su vida se había dedicado a intentar impedir.
Los tres hombres seguían hablando junto al coche, unos minutos después el abogado se acercó a Oscar.
- ¿Tiene la lista? Oscar le dio el papel. Muy bien, ahora iremos a por los materiales, usted se quedará aquí. Cuando haya acabado de mirar los planos se puede tumbar un rato en el sofá, por su aspecto se nota que necesita descansar. Volveremos en unas horas y entonces iremos a la casa. ¿Todo correcto?
- Sí.
- Muy bien, nos veremos luego.
El Calvo y el abogado subieron al coche y el Rubio salió fuera del garaje. Cuando el coche hubo salido bajó la puerta.
Oscar se quedó escuchando como el coche se iba alejando, hasta que el sonido del motor desapareció por completo. Estaba sólo, y tenía la oportunidad de irse, de abandonar, pero no lo haría, y el abogado lo sabía tan bien como él.
Estuvo un buen rato estudiando los planos y las fotografías, perdió la noción del tiempo, ahora sabía como se sentían todos aquellos atracadores que salían en las películas, aprendiéndose los planos de un banco, de una mansión o de un casino, y por un instante le envolvió una sensación de emoción que hizo olvidar la realidad.
Una vez que tuvo claro como iban a entrar en la casa y subir hasta la caja fuerte (que se encontraba en un despacho en el piso de arriba) se echó en el sofá, tal como el abogado le había recomendado. Pensando en todas las películas de robos que había visto a lo largo de su vida se quedó dormido.
No supo cuanto tiempo había dormido, cuando abrió los ojos vio a los tres hombres en la mesa hablando, decían algo sobre la mercancía y sobre donde esconderla. El coche no se encontraba en el garaje, y la puerta estaba cerrada. El abogado vio que Oscar estaba despierto.
- ¿Ya se ha despertado, señor Hernández? Perfecto, ya creí que tendría que despertarle yo. Tómese una taza de café mientras preparamos todo.
Oscar se levantó y se dirigió a la mesa, allí había un termo y unos vasos de plástico. Se sirvió un café. El abogado habló:
- Cuéntenos como lo piensa hacer.
Oscar habló con tono cansado y nervioso:
- Bueno, primero tendré que desconectar la alarma desde fuera, el panel de acceso está junto a la entrada principal. Una vez desconectada habrá que forzar la cerradura, romper un cristal o lo que sea. Cuando estemos dentro localizaré el panel de control para desactivar definitivamente la alarma y desconectar la vigilancia remota. Cuando termine la casa estará sin ninguna alarma y desconectada de la central de seguridad. Subiremos al despacho, forzaremos la puerta y abriré la caja fuerte con las herramientas adecuadas, me llevará unos diez o quince minutos. Después nos iremos.
- Muy bien, - el Abogado se dirigió a los otros dos, con una sonrisa en la boca.- ¿Qué os parece chicos? Es todo un profesional, ¿no es así?
El Calvo gruñó y el Rubio miró a Oscar complacido, luego ambos salieron del garaje. El abogado se volvió de nuevo hacía Oscar:
- Espero que después de esta noche olvide usted nuestros rostros, todo lo que ha pasado y este garaje, aunque nunca más volveremos por aquí.
- Descuide, no es algo que quiera guardar en mis recuerdos.
- Perfecto. Vámonos pues.
Salieron del garaje, fuera aguardaban los dos hombres subidos en el coche, con el motor arrancado, Oscar y el abogado subieron al coche y éste emprendió la marcha. Durante el trayecto nadie habló, Oscar iba mirando por la ventanilla como la ciudad se disponía a dormir. La noche había caído y las calles empezaban a vaciarse. Salieron de la ciudad y se adentraron en los barrios ricos. El abogado habló:
- Detrás de la casa hay un camino que conduce al bosque, aparcaremos allí, usted irá a la puerta principal a desactivar la alarma, una vez lo haya hecho nos hará una señal para que forcemos la puerta, Procure hacer el menor ruido posible.
Unos cinco minutos después se adentraron por el camino que el abogado había descrito. Era una carretera irregular, de tierra, a su derecha se podían ver unas cuantas casas, y a la izquierda un pequeño campo que subía por la ladera de la montaña y más allá el bosque. La oscuridad era casi total excepto por el haz que proyectaban los dos focos del coche.
Unos kilómetros más adelante el coche paró. Oscar, el abogado y el Rubio bajaron. A la derecha de la carretera, a unos cinco metros había una valla de alambre de unos dos metros de altura, tras la valla se encontraba un pequeño jardín y una majestuosa casa. El abogado y el Rubio se dirigieron hacía la valla, y Oscar les siguió. El Rubio llevaba una pequeña bolsa de viaje en cada mano, cuando llegaron a la vaya las dejó en el suelo y abrió una de ellas. De su interior saco unas grandes tenazas, cuando se disponía a cortar el alambre de la valla se giró hacía Oscar:
- Espero que no haya una alarma conectada a esto.
La voz del Rubio era grave, Oscar pensó en cuantos hombres la habrían oído antes de recibir una paliza, o algo peor, de este matón. Antes de que pudiese contestar el Rubio ya había empezado a cortar el alambre. Un sudor frío bañó la frente de Oscar, los planos no decían nada de que la alarma estuviese conectada a la valla, y el Abogado había dicho que no habían modificado nada, pero aún así le quedaba la sombra de la duda. Fueron los segundos más tensos de su vida. Pero no hubo ningún ruido de alarma, aunque cabía la posibilidad de que fuese una alarma silenciosa que avisases a la central, pero era muy poco probable, uno de los objetivos de poner una alarma en la valla es asustar a los posibles atracadores y que se vayan antes de entrar en casa. Pero por si acaso debía comprobar rápidamente el panel de control y asegurarse de que no había saltado ninguna alarma.
Cuando el Rubio hubo hecho una abertura lo suficientemente grande en la valla, los tres hombres entraron. El Rubio le dio una de las bolsas a Oscar y el Abogado le hizo un gesto para que fuese a la parte de delante de la casa. Oscar asintió, cogió la bolsa y anduvo hasta la esquina de la casa. Desde ahí podía ver la parte delantera de la casa, la calle y algunas casas más. No había nadie en la calle. Dejó la bolsa en el suelo y la abrió. Sacó unos guantes y se los puso, los había añadido a la lista porque pensó que no estaría de más intentar no dejar ninguna prueba que le incriminase. Luego sacó unas tijeras, un juego de destornilladores, unos cables y un aparato con un teclado numérico y una pequeña pantalla.
Se dirigió rápidamente y agachado a la entrada principal, a la izquierda de la puerta, a la altura de la cerradura, estaba el panel de acceso. Exteriormente era muy parecido al aparato que había traído Oscar, un teclado numérico con una pantalla. Eligió el destornillador más adecuado y quitó los cuatro tornillos que mantenían la tapa del panel. Una vez quitada esa tapa examinó el interior, estaba lleno de cables. Separó dos y los cortó, rápidamente los puenteó con los cables que él había traído y conectó estos últimos al aparato. Lo encendió, introdujo unos números y esperó. Se dio la vuelta para comprobar que nadie le había visto o le observaba desde la calle o desde alguna casa. Todo estaba tan desierto como antes. El aparato emitió un pitido, la alarma ya estaba desconectada, memorizó el número que se mostraba en la pantalla. Quitó los cables, puso la tapa en el panel otra vez y colocó los tornillos. Fue hasta la bolsa, guardó las herramientas y volvió junto a los otros dos hombres, que aguardaban en la puerta trasera de la casa.
- Ya está. Susurró Oscar. El Rubio sacó una toalla de su bolsa y se envolvió la mano con ella. Dio un golpe seco al cristal de una ventana situada a la izquierda de la puerta trasera. El cristal se hizo añicos y el Rubio quitó los cristales que seguían en el marco. Sacó una linterna de la bolsa y alumbró el interior de la casa. La ventana daba a un salón lujosamente decorado, pero antes de que Oscar pudiera observarlo bien, el Rubio se puso la linterna en la boca y entro de un salto y con una agilidad asombrosa en la casa. Unos instantes después abrió la puerta desde dentro, el Abogado entró e hizo un ademán a Oscar para que le siguiera. Cuando entraron el Abogado se volvió a Oscar:
- Usted haga lo que tenga que hacer con la alarma y suba al despacho, le esperaremos allí. Y se fue escaleras arriba con el Rubio. Oscar fue hasta el panel de control, que se encontraba en un pequeño armario junto a la puerta principal. Introdujo el número que había memorizado, comprobó que ninguna alarma había saltado y apagó todo el sistema. Ahora la casa estaba sin alarma y desconectada de la central. Rápidamente cruzó el salón y subió por la escalera, una vez en el piso de arriba siguió el pasillo hasta el despacho. Antes de llegar se detuvo a contemplar un enorme cuadro colgado en la pared. La sangre se le heló por un instante. El cuadro reproducía la imagen de un hombre. Vestía completamente de negro, estaba de brazos cruzados y tenía en los dedos enormes anillos, de su cuello colgaba una figura de una cabeza con enormes colmillos, algo no humano que parecía mirar a Oscar con los ojos sedientos de sangre. El hombre del cuadro tenía el pelo largo y negro como la noche, el rostro pálido y unos terroríficos ojos verdes. Ese hombre es un Demonio pensó. Cuando hubo pasado el instante de parálisis siguió hacía el despacho. La puerta estaba abierta, con la cerradura forzada, y el Abogado y el Rubio estaban dentro del despacho revolviendo el escritorio. Oscar entró, el Abogado le enseñó la caja fuerte, oculta tras una estantería con ruedas. Oscar abrió su bolsa de herramientas y se puso manos a la obra. Conocía las cajas fuertes como si fueran sus hijas, todos sus puntos débiles, formas de abrirlas, de reventarlas. Para ser un buen experto e instalador de sistemas de seguridad hay que saber como burlarlos, y él había sido de los mejores. Diecisiete minutos, eso necesitó. Cuando acabó la puerta de la caja fuerte yacía en el suelo y su contenido a su alcance, pero antes de que pudiera echar un vistazo siquiera el Rubio le apartó de un empujón. Tropezó con la bolsa de las herramientas y cayó al suelo. Sólo pudo ver como el Rubio sacaba algo de la caja y se lo entregaba al Abogado, éste asintió y salió del despacho, y el Rubio le siguió. Oscar se levantó y miró el interior de la caja, tenía la aterradora certeza de que estaría vacía, de que le habían engañado y ahí no había dinero, y que probablemente le matarían cuando bajase, pero tras unos instantes de agobiante duda vio los fajos de billetes en el fondo de la caja. Cogió uno y lo miró, eran billetes de quinientos y había por lo menos diez fajos, los cogió todos y los guardó en la bolsa junto con las herramientas. Salió del despacho, bajó las escaleras y salió por la puerta de atrás. El Abogado estaba junto a la valla fumando un cigarro, y detrás los otros dos hombres aguardaban en el coche. Oscar llegó a la vaya, y el Abogado le habló:
- Ya hemos terminado, señor Hernández, espero que haya encontrado en esa caja algo que le pueda interesar. Le aconsejó que se vaya de aquí lo antes posible, andando no tardará mucho en llegar a la ciudad. Ha sido un placer trabajar con usted le tendió la mano, y Oscar se la apretó. Espero que no nos volvamos a ver ni tener noticias suyas. Adiós. se dio media vuelta y entró en el coche, que arrancó y echo andar hacía el bosque dejando tras de sí un rastro de humo y tierra.
- Adiós señor Abogado. Murmuró Oscar al vacío. Y echó a andar en dirección a la ciudad, con una fortuna en la bolsa de viaje que llevaba en la mano derecha.
Su vida volvió a dar un giro de 180 grados después de aquello. Alquiló un apartamento en el centro de la ciudad. Y empezó a vivir de nuevo. Todas las noches olvidaba a la mujer que le había traicionado, la olvidaba acompañado de otras mujeres, cada noche una diferente. Y así era feliz, gastando todo el dinero que quería, permitiéndose los caprichos más extravagantes. Y ya no bebía como antes, seguía tomándose sus copas, pero moderándose mucho más que. Vivió muy bien durante unos meses hasta que leyó un artículo en el periódico. Hablaba de un importante abogado, Juan del Olmo, que había aparecido muerto junto con otros dos hombres aún sin identificar. Les habían encontrado a unos cuarenta kilómetros de la ciudad, en las orillas de un río, les habían torturado y luego sacado los ojos. La policía hablaba de un ajuste de cuentas, junto con el artículo había una foto de Juan del Olmo, una foto que Oscar la reconoció según la vio. Espero que no nos volvamos a ver había dicho el abogado, y eso es lo que habría querido Oscar, no volver a ver a ese hombre nunca, sin embargo ahora le volvía a contemplar en la fotografía del periódico.
Oscar se asustó después de eso, era posible que quien les hubiese matado no tuviese nada que ver con aquella noche en la casa, y aunque hubiese sido por el robo, puede que nadie supiese de la implicación de Oscar. Pero la duda le carcomía, el miedo de que viniesen a por él era demasiado grande, volvió a beber como antes, apenas dormía, y cuando lo hacía tenía pesadillas, sueños en los que veía que el abogado yacía junto a un río, se levantaba y cogía a Oscar del cuello, abría los parpados y las cuencas de los ojos estaban vacías, los gusanos salían de ellas y de la boca mientras hablaba, irán a por ti, señor Hernández. Una y otra vez repetía lo mismo mientras brotaban de su interior más y más gusanos. Hasta que al final despertaba, temblando y sudoroso.
No aguantó mucho así, decidió que tenía que huir de allí, pero tenía el problema del dinero, no podía viajar al extranjero con todo su dinero en efectivo. Contrató a un buen abogado para que le asesorase y lo preparó todo para el viaje, no tenía pensado dónde iría, pero sería lejos, muy lejos. Su abogado lo preparó todo y le llamó, firmaría unos papeles y ya tendría todo su dinero en un banco y en regla. Un día más, tan sólo un día y se iría.
Ese día se levantó muy temprano, desayuno fuerte, y preparó todo para el viaje, y confirmo el vuelo de la tarde. Primera parada: Paris, ya decidiría si quedarse allí o no. Dejó todo preparado en casa y salió. Iría a ver a su abogado, firmaría todo lo que necesitase, comería, volvería a casa y se iría, tal vez para siempre, de la ciudad y del país.
Cogió un taxi que le dejó justo delante del edificio dónde tenía el despacho su abogado, un edificio imponente, se levantaba en medio de una plaza, más de veinte pisos se alzaban sobre sus cimientos. Entró y se dirigió a los ascensores, había uno en la planta baja, entró en él y pulso el botón del duodécimo piso. Estaba a menos de cuatro horas de largarse y eso le hacía sentirse mejor. El ascensor subía rápidamente, cuarto piso, quinto, sexto décimo, undécimo, duodécimo, pero el ascensor no paró, siguió subiendo a la misma velocidad. Oscar empezó a pulsar todos los botones, primero los de los pisos, pero seguía sin detenerse en ninguno, luego en el de parada, pero no paraba, el de la alarma, pero nada sonaba, el interfono, pero nadie contestaba. Decimonoveno, veinteavo, y seguía. El pánico se apoderó de Oscar, empezó a gritar, a golpear las puertas. Y el ascensor se paró. Se abrieron las puertas. Oscar salió lo más rápidamente que pudo. Estaba en el último piso. Las puertas se cerraron detrás de él. Había otros dos ascensores más, pero tenían cadenas en las puertas, la doble puerta que comunicaba con el pasillo y las escaleras también estaba encadenada. Oscar intentó abrirla empujándola, pero fue inútil. Había otra puerta, la abrió. Conducía a unas estrechas escaleras que subían y acababan en otra puerta. Subió lentamente, cuando llegó arriba abrió la puerta. El Sol le golpeó como un martillo, tuvo que protegerse los ojos con el brazo. Salió a la azotea, aquello no le gustaba nada, buscaría otra entrada al edificio y se iría de allí. Pero no le dio tiempo a buscar esa entrada, algo frío y duro se apoyó en su nuca, y antes de que pudiera reaccionar oyó una firme voz justo detrás de él:
- No haga ni un movimiento brusco, camine despacio hasta el borde de la azotea.
El corazón le dio un vuelco, quiso girar la cabeza, pero en cuanto hizo un ademán la pistola le presiono la nuca con más fuerza. Camino hasta el borde, y sus pies quedaron a un centímetro del vacío.
-Vamos señor Hernández, ¿va a saltar de una vez? No tengo todo el día.
Y en ese momento paso algo que distrajo por un instante al hombre, el ensordecedor ruido de un avión llenó el ambiente. Oscar notó como la presión de la pistola en su nuca descendía notablemente. Se agachó rápidamente y pegó un codazo hacía atrás tan fuerte como pudo. Y corrió a través de la azotea, lo más rápido que le permitieron sus piernas. Vio una especie de caseta de cemento en una esquina de la azotea y huyó hacía ella. Cuando estaba llegando oyó el ensordecedor ruido de la detonación de un disparo, siguió corriendo sin volverse, al llegar empujó la puerta con todos sus fuerzas, y justo en el momento en que esta se abría oyó otro disparo, y sintió un estallido de dolor en la parte baja de la espalda. Cayó hacía delante, dentro de la caseta. La bala había penetrado por la espalda y se había detenido en el estomago, el dolor era insoportable. Se arrastro un poco hacía delante y cerró la puerta como pudo. La caseta era muy pequeña, había un cubo, una pequeña mesa y un par de palos. Oscar oyó como el hombre se acercaba. Cogió uno de los palos y se situó detrás de la puerta. La puerta se abrió violentamente, golpeó a Oscar en la cabeza, pero rápidamente la empujo contra el hombre, apoyando todo su cuerpo en la puerta, y sintiendo como la herida de la bala le lanzaba violentas y dolorosas punzadas. El hombre tenía la pierna y el brazo derecho dentro de la caseta intentó apuntar a Oscar con la pistola, disparo un par de veces, y las balas pasaron muy cerca de la cabeza de Oscar. Con el palo golpeó la mano del hombre hasta que sólo la pistola, en ese momento se abalanzó sobre ella. En el momento en que se apartó de la puerta, esta se abrió fuertemente, y la luz del Sol cegó a Oscar. Disparó a ciegas contra la puerta, y vio como el hombre intentaba huir, se puso en pie lo más velozmente que pudo.
- ¡Quieto cabrón! Disparo un tiro al aire y luego apuntó al hombre, que estaba de espaldas a él, y a un par de pasos del borde de la azotea, unos metros a su derecha estaba la puerta que conducía a las escaleras y a los ascensores. Acérquese al borde.
El hombre obedeció y se situó al borde del abismo, muy cerca de dónde había estado Oscar unos minutos antes.
Oscar tosió, y escupió una bocanada de sangre, el dolor era muy intenso, pensó que se desmayaría en cualquier momento. Junto todas las fuerzas que le quedaban para hablar:
- Ahora sólo le voy a pedir una jodida cosa cabrón de mierda, no, mejor dos cosas, - hizo una pausa para coger aire, dio unos pasos hacía delante, hacía el hombre, apenas podía mantenerse en pie. - Me da igual que grites o no, me da igual que hagas el salto del ángel o que te tenga que empujar a tiros, pero quiero verte la cara, y quiero saber que coño había en esa caja fuerte, así que date la vuelta y dímelo.
- Usted me ha ganado señor Hernández, - su voz seguía siendo igual de firme que antes, permanecía de espaldas a Oscar. - no sé si ha sido más listo que yo o simplemente ha tenido más suerte, pero ha ganado y sé reconocer mi derrota, sin embargo, y como supongo que ya sabrá, ninguna victoria es completa.
Se dejó caer hacía delante, Oscar corrió hasta el borde de la azotea, se arrodilló y se asomó, vio como el hombre caía al vacío, de espaldas a él. Oscar lanzó un grito, el cuerpo entero le palpitaba violentamente, y la herida de su espalda sangraba más y más. Vio como el hombre se precipitaba hacía el suelo, tardó sólo unos segundos, pero a Oscar se le hizo eterno, y el hombre no gritó al caer.